Cuando yo era muy pequeña, (segunda mitad de los años 40-primera de los 50), no había electrodomésticos; pero sí máquinas y personas sustitutivas. Por ejemplo, a la nevera se la llamaba fresquera, y enfriaba las cosas gracias a unos grandes bloques de hielo que unos hombres en tartana traían a mi casa.
La ausencia de la lavadora fue muy importante para mí. Cuando me hacía pis en la cama, o sea casi todos los días, mi madre formaba en fila a las tatas delante del lavadero, aquél pedazo de granito sobre el que había que frotar y luego aclarar bajo su gran grifo abierto, por supuesto siempre con agua fría. Yo cogía aquella gran sábana blanca mojada, pasaba con ella delante de todos e intentaba, primero, que el jabón de tajo me cupiera en la mano, segundo, restregar bien, y tercero oír las voces llenas de pena dirigidas a mi madre: "Señora, por favor, ya está. La niña lo ha hecho bien, terminamos nosotras..."
Imaginad lo que fue para mí la primera lavadora, enorme y redondeada, muy diferente a las actuales. Bueno, y el dejar de hacerme pis, por fín.